ÁLBUM FAMILIAR

Traducción visual de la degeneración macular

Los agujeros de la pared siempre tienen una segunda vida. Son pequeños recuerdos de lo que en algún momento estuvo anclado a ese lugar. Inamovible, aunque con el temor de que el tiempo ejerza su principal función: pasar. En algún momento, aquel clavo que en un principio parecía robusto, cede. Un agujero desconchado no puede decorar una pared con más de 50 años de historia. No es por caer en coloquialismos vulgares sobre el amor y sus desazones, no. Es únicamente en este caso cuando tiene sentido aquello de “un clavo saca otro clavo”. Aquel agujero, que pudiera ser de una estantería donde habitaban las ganas de conocer mundo, un espejo donde una presumía con cortos vistazos por pudor de ser vista o un cuadro que no recuerdas cómo llegó allí; recobra su sentido con otro clavo del que ahora empezará a colgar una fotografía. De sobrinos, primas, hermanas e hijas, y tiempo después, con nietos, bodas y graduaciones. Son recuerdos que en algún momento tuvieron sentido, daban luz a una casa donde se impuso el silencio y el dolor. Imágenes que Caridad admiraba hace 10 años en aquel encierro en el que se convirtió su casa y que, hoy día, apenas son manchas que perduran en su recuerdo.

 
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EL TIEMPO Y SUS CAPRICHOS

Caridad del Tío Villafruela. 84 años. Si se anima, te sermonea con sus ocho apellidos. Pero desde hace más de 10 años, la soledad y la oscuridad van apoderándose de sus ánimos. Hace 10 años que sus ojos, aquellos que le habían permitido enebrar agujas hasta la saciedad, diseñar trajes y coser todo lo que se le ponía por delante, empezaron a sufrir del paso del tiempo. Primero fue la degeneración macular, imparable ante cualquier intento de detenerla. Y después el glaucoma. Ella cree que tiene un 2,5% de visión, cuando la realidad es más desalentadora: tan solo ve un 0,3%.

Todo el mundo le llama Cari. Es madrileña, de la escuela del hambre y la guerra. Se casó con Antonio Ruiz Rizo. Y cuando ya podían disfrutar del tiempo, aquel que es libre, un fatídico accidente de tráfico dejó a su marido sin poder andar, controlar cualquier necesidad y, menos aún, controlar la cabeza. Así durante más de diez años. Más de diez años de dependencia absoluta. Finalmente, Antonio murió en 2013 por una neumonía (arrastrada por todos los achaques anteriores).

Caridad era modista. Cosía día y noche para que sus hijas estudiasen. Mientras, su marido trabajaba en MercaMadrid, y traía todo lo que sobraba: langostas, percebes, cigalas… Lo que los burgueses del Madrid de los 70 no querían. Hasta que lo descubrieron, claro. Luego, en verano, Villajoyosa les esperaba. Parte de la familia de Antonio era de este pueblito pesquero de Alicante. Al igual que con el marisco, Benidorm, el pueblo vecino, empezó a coger fama, y Villajoyosa fue creciendo. Cada verano, Antonio dejaba a Caridad y sus dos hijas en junio y viajaba de Madrid a Villajoyosa cada viernes para volver el domingo a trabajar. Así hasta septiembre.

Siempre cuenta que tenía una melena que le cubría toda la espalda. Y, por supuesto, su lunar . Aquel que pasaba desapercibido cuando iba de chulapa, pero que llamaba la atención por la calle. ‘La chica del lunar’, le llamaban. “Tuve un novio muy guapo. Le dejé porque su prima le dejaba acostarse con ella”. Pero este es otro asunto… La nostalgia de la juventud sobrevuela las palabras de Caridad. Su lunar, reconvertido en verruga, le recuerda diariamente lo que fue y lo que es: una mujer de 84 años que vive en un tercero sin ascensor. De nuevo, el tiempo y sus caprichos.

 
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Una oscuridad deforme

Es la mácula lo que no está bien. Una pequeña zona de la retina, una de las partes del ojo. Qué ironía. Pero es justo el centro. En la diana. El punto donde llega la luz se degenera con el tiempo y provoca que la visión empiece a emborronarse. Las líneas rectas empiezan a torcerse y a ondularse, y lo cercano y lo lejano pasa a ser irreconocible. Cuando la degeneración está en las fases más avanzadas, la deformación no se diferencia y todo pasa a ser borroso.

El glaucoma añade a esta deformación un punto negro en mitad de la visión. Caridad no lo ve. Ella asegura que antes lo veía, lo que deja la duda de que la degeneración macular lo haya hecho desaparecer o, por el contrario, haya conquistado toda la visión y la oscuridad, aunque no opaca, haya hecho trinchera en sus ojos.

Esto es una guerra. Una lucha enfurecida por la supervivencia de la luz frente a la oscuridad. Del aprender a vivir frente a la queja constante de lo que podría haber sido si Caridad nunca hubiese perdido la vista. Ella recuerda constantemente que no ve, pero vive sola, cocina, escribe, escucha audiolibros, toma café con las pocas amigas que le quedan… Caridad ha aprendido a vivir sin la vista con 84 años, en parte, gracias a la ONCE.

En la ONCE la ofrecen apoyo. No se atreve con el braille, ni considera que sea necesario para ella, pero sería capaz de aprender un nuevo idioma. Allí se relaciona con gente que tiene sus mismos achaques. Es la más mayor de los cursos: de cocina, de pintura, de memoria, rutas por Madrid, visitas a los museos… Allí descubre que hay gente que tiene absolutamente nada de visión, ni un 2,5% como cree ella que ve. Así reduce sus quejas, entendiendo que, si se quiere, hay que asumir las dolencias para poder continuar. Desde la ONCE le han enseñado lo más útil para poder sobrevivir sin uno de sus sentidos. Ella sabe cómo utilizar el bastón de ciegos, y es su fiel compañero, aunque no le da el uso que debería. Reinventarse también forma parte de la transformación de cada uno.

 
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Caridad nunca verá este libro. Nunca leerá lo que escribe, ni sabrá cómo han crecido sus nietos. Con el tacto sabe que a los chicos ya les ha crecido barba, por el oído sigue escuchando las olas del mar romper casi a sus pies, con el gusto prueba cada plato que aún cocina, y con el olfato reconoce las plantas que habitan en la terraza de su casa. Caridad está arropada. Tiene sus pasatiempos. Qué palabra más redundante. Pasa-tiempos. El único capricho del tiempo, pasar. Y degenerar. Aunque para aprender a vivir.


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